viernes, 1 de julio de 2011

La hija oculta y el bulin de Cristina

 

«La hija con síndrome de down de la Senadora y falsa abogada, tiene 36 años, se llama Carolina Pulqui. El padre no es Néstor Carlitos. Es un antiguo cuadro montonero. Ella era demasiado joven. Él demasiado viejo. La nena de 36 años dijo algo de su madre. En medio de la calle. La señaló a la Senadora y dijo mamá». La voz de la fuente del staff es alta. Es segura. Es elegante. Acaba de bajarse de su auto. Las ruedas están salpicadas con el barro del barrio Tolosa, en La Plata.

«¿Desde cuándo recibe la Senadora a su hija de 36 años ahí? Caballeros, lo hace desde que todos los contribuyentes pagan las cuentas.Ampliar con algun programa para ver mejor la foto de Cristina con su hija.

Quiero decir: desde que ni las cuotas del Centro de Rehabilitación San Juan de Dios ni los tutores especiales en la casa de su madre en Tolosa corren por su cuenta. No es barato criar a un enfermo mental. Un error en el par 21 sale caro. En todos los sentidos, caballeros». ¿Cuál es el secreto para que los zapatos de la fuente fulguren con ese poderío? Se trata de un miembro del staff desde la primera hora. Un auténtico convencido. No lo disuadieron los llamados intimidatorios. Tampoco el sobre amenazador que llegó a su casa.

No una, todas las cosas sobre la casona de la Avenida Alvear, entre Rodríguez Peña y Montevideo, son verdaderas.

«Las discusiones en la casona de la Avenida Alvear han sido salvajes. Él no está contento con la recuperación de la hija perdida de su actual esposa. Ella intenta hacerla patinar con sus propios patines. Los mismos que usa en Olivos. Pero no hay caso. No logra el equilibro. Falla. Se cae. Una vez él mismo quiso ayudarla. Quiso expresarle algo de la adhesión paternal que la nena nunca había conocido. Ella lo vio a solas con la nena y le recriminó que fuera demasiado cariñoso». El encono en el staff contra la fuente –zapatos relumbrantes, infaltables gemelos de oro con sus iniciales, corbata de seda italiana–, es siempre el mismo: contar sus datos, primero, en cierto centro de infectología. Y, después, en La Biela. Pero su labor de infiltración en el corazón del kirchnerismo es pura: un juez de la Corte Suprema, un juez pro-abortista, un juez a favor de la despenalización de ciertas drogas blandas, lo ampara casi con la misma ternura con la que le suministra información.

A la fuente –que el staff prefiere llamar el Ángel Rubio– no lo intimidó, ni siquiera, el mail con su fotografía y la bala con la punta ahuecada en forma de K dibujada sobre su frente. Tampoco lo intimidó el casco marcial del individuo que el martes, por la mañana, desde una motocross, lo abordó con prepotencia y le dijo dejate de joder con la próxima presidenta. Esa misma tarde, alguien había revuelto todo su armario. No había robado nada: lo había destruido todo. Camisas, trajes, corbatas, relojes, vestidos, algunos tan elegantes, tajeados con rencor. «La misma Hebe se ocupó de recuperar a la niña de 36 años desde 2003. No fue gratis, por supuesto. La Senadora le dirigió giros suculentos a través del Banco Macro.
Apenas la localizaron, a la portadora del par 21 deficiente, los sicarios de Hebe la reubicaron tan sana como pudieron en Tolosa. Al cuidado de la señora Ofelia. Que se resiste a usar cualquier pañuelo en la cabeza. A propósito, ¿conté por qué las listas detalladas de los llamados telefónicos desde la Universidad de Hebe rebalsan de números ubicados en Madrid?


Frente a la Casa Nacional de la Cultura, en el corazón de Recoleta, persiste una vieja casona de jardines abandonados, pasillos silenciosos y un único casero con el mismo vicio de todos los hombres solitarios. Hablar de más. Y por los codos.

Empezó con la frase clave: volvió Cristina. Hacía diez minutos que acababan de hacerlo entrar a La Biela. Se refería al retorno, por supuesto. No se refería a su llegada al país. Se refería a su llegada a la casona en la esquina de la Avenida Alvear y Rodríguez Peña. Ahí las ventanas suelen estar cuidadosamente cerradas. Cualquier descuido, sin embargo, revela la clase de lujos que envidiaría un pasha oriental. Así le gusta a la señora que estén todos los rinconcitos de la casa, cuenta uno de los codos del casero indiscreto.

El otro codo es más interesante. En la habitación principal del segundo piso la señora lo recibe a Luis Brandoni, ¿el actor, conocés? El casero no es indiscreto por voluntad. Acaba de firmar al pie de un contrato que dice que va a recibir U$S 250.000 por contar en exclusiva la historia de la casona de Recoleta y las actividades de sus circunstanciales ocupantes. No importa quién paga. Sí que hay fotos, videos y una carpeta nutrida –de solapas celestes- que ya circula con prepotencia en el circuito de las dependencias públicas.

La señora se reúne con Brandoni y el señor Nestor recibe a su hijo. Ella los jueves a la noche. Él los viernes por la tarde. No, ningún Máximo. Otro chico que tuvo con otra mujer una jueza de Santa Cruz, que se llama, Alberto Mariano Perrone Lutri, pero este chico esta bajo del cuidado de Ricardo Jaime, quien es el encargado de mantener al joven alejado de los medios. El joven vive en Cordoba y viaja regularmente para encontrarse con su padre. Son un matrimonio a la santacruceña, ¿no? Al otro visitante de la señora, el casero lo llama solamente “el principal”. No hay nada de ordinal en sus palabras: “el principal” es un principal de la Policía Federal que cumplía con la custodia de la Primera Dama. Hasta que la Primera Dama lo ungió custodio de todo su cuerpo. ¿Cómo puede mi Avenida Alvear convertirse en un vertedero de pecados para esa mujer? ¿Qué va a ser lo próximo? Por último, le pregunto si está al tanto de las operaciones de la inteligencia iraní acoplada a los informes venezolanos para "hacer saltar" las valijas de la corrupción kirchnerista en Aeroparque y Ezeiza. El casero ni sabe ni se interesa en oír mis preguntas. Habla por los codos. Habrá segunda parte, por supuesto.

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